"Ofrezco a los hombres un Recipiente con el que han de venir a la Fuente
de la Misericordia para recoger gracias. Ese Recipiente es esta Imagen
con la firma: JESÚS, EN TI CONFÍO"
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Soy
todo tuyo y todas mis cosas Te pertenecen. Te pongo al centro de mi
vida. Dame tu Corazón, oh María.
Soy
todo tuyo, María
Madre de nuestro Redentor
Virgen Madre de Dios, Virgen piadosa. Madre del Salvador del mundo.
Amen.



Oh Dios Padre
Misericordioso, que por
mediación de Jesucristo, nuestro Redentor, y de su Madre, la
Bienaventurada Virgen María, y la acción del Espíritu Santo,
concediste a tu Siervo Juan Pablo II, Servus Servorum Dei,
la gracia de ser Pastor ejemplar en el servicio de la Iglesia peregrina,
de los hijos e hijas de la Iglesia y de todos los hombres y mujeres
de buena voluntad, haz que yo sepa también responder con fidelidad
a las exigencias de la vocación cristiana, convirtiendo todos los
momentos y circunstancias de mi vida en ocasión de amarte y de servir
al Reino de Jesucristo. Te ruego que te dignes glorificar a tu Siervo
Juan Pablo II, Servus Servorum Dei, y que me concedas por su
intercesión el favor que te pido... (pídase). A Tí,
Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, por Cristo, el que
vive, Señor del tiempo y de la historia, en el Espíritu Santo que
santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos
de los siglos. Amén.
Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
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JESUCRISTO, LEGISLADOR DIVINO
AUDIENCIA
GENERAL
Miércoles 14 de octubre de 1987
1.En los Evangelios encontramos otro hecho que
atestigua la conciencia que tenía Jesús de poseer
una autoridad divina, y la persuasión que tuvieron
de esa autoridad los evangelistas y la primera
comunidad cristiana. En efecto, los Sinópticos
concuerdan al decir que los que escuchaban a Jesús
“se maravillaban de su doctrina, pues les
enseñaba como quien tiene autoridad y no como
los escribas” (Mc 1, 22; y Mt 7, 29;
Lc 4, 32). Es una información preciosa que
Marcos nos da ya al comienzo de su Evangelio y
nos atestigua que la gente había captado en seguida
la diferencia entre la enseñanza de Cristo y la de
los escribas israelitas, y no sólo en el modo,
sino en la misma sustancia: los escribas
apoyaban su enseñanza en el texto de la ley mosaica,
de la que eran intérpretes y glosadores; y Jesús no
seguía el método de uno “que enseña” o de un
“comentador” de la Ley Antigua, sino que se
comportaba como un Legislador y, en
definitiva, como quien tiene autoridad sobre la ley.
Notemos que los que escuchaban sabían bien que se
trataba de la Ley Divina, que dio Moisés en
virtud de un poder que Dios le había concedido
como a su representante y mediador ante el pueblo de
Israel.
Los
Evangelistas y la primera comunidad cristiana, que
reflexionaban sobre esa observación de los que
habían escuchado la enseñanza de Jesús, se daban
cuenta todavía más de su significado integral,
porque podían confrontarla con todo el ministerio
sucesivo de Cristo. Para los Sinópticos y para sus
lectores era, pues, lógico el paso de a afirmación
de un poder sobre la ley mosaica y sobre todo el
Antiguo Testamento a afirmación de la presencia de
un Autoridad Divina en Cristo. Y no sólo como un
Enviado o Legado de Dios, como había sido en el caso
de Moisés: Cristo, al atribuirse el poder de
completar e interpretar con autoridad o, más aún, de
dar la Ley de Dios de un modo nuevo, mostraba su
conciencia de ser “igual a Dios” (cf. Flp 2,
6).
2.Que el
poder, que Cristo se atribuye sobre la Ley, comporte
una autoridad divina lo demuestra el hecho de que
Él no crea otra Ley aboliendo la antigua: “No
penséis que he venido abrogar la ley o los Profetas;
no he venido a abrogarla, sino a consumarla”
(Mt
5, 17). Es claro que Dios no podría “abrogar” la Ley
que Él mismo dio. Pero puede —como hace Jesucristo—
aclarar su pleno significado, hacer comprender
su justo sentido, corregir las falsas
interpretaciones y las aplicaciones arbitrarias, a
las que la ha sometido el pueblo y sus mismos
maestros y dirigentes, cediendo a las debilidades y
limitaciones de la condición humana.
Para ello
Jesús anuncia, proclama y reclama una “justicia”
superior a la de los escribas y fariseos (cf. Mt
5, 20), la “justicia” que Dios mismo ha propuesto y
exige con la observancia fiel de la Ley en orden al
“Reino de los cielos”. El Hijo del hombre actúa,
pues, como un Dios que restablece lo que Dios quiso
y puso de una vez para siempre.
3.De
hecho, sobre la Ley de Dios Él proclama ante todo:
“en verdad os digo que mientras no pasen el
Cielo y
la tierra, ni una jota ni una tilde pasará
(desapercibida) de la Ley hasta que todo se cumpla”
(Mt 5, 18). Es una declaración drástica con
la que Jesús quiere afirmar tanto la inmutabilidad
sustancial de la Ley mosaica como el cumplimiento
mesiánico que recibe en su Palabra. Se trata de una
“plenitud” de la Ley antigua que Él, enseñando “como
quien tiene autoridad” sobre la Ley, hace ver que
se manifiesta sobre todo en el amor a Dios y
al prójimo: “De estos dos preceptos penden la
Ley y los Profetas” (Mt 22, 40). Se trata de
un “cumplimiento” que corresponde al “espíritu” de
la Ley, que ya se deja ver desde la “letra” del
Antiguo Testamento, que Jesús recoge, sintetiza y
propone con a autoridad de quien es Señor también de
la Ley. Los preceptos del amor, y también de la fe
generadora de esperanza en la obra mesiánica, que Él
añade a la Ley antigua explicitando su contenido y
desarrollando sus virtualidades escondidas, son
también un cumplimiento.
Su vida es
un modelo de este cumplimiento, de modo que
Jesús puede decir a sus discípulos no sólo y no
tanto: Seguid mi Ley, sino: Seguidme a Mí,
imitadme, caminad a la luz que viene de Mí.
4.El
Sermón de la montaña, como lo trae Mateo, es el
lugar del Nuevo Testamento donde se ve afirmado
claramente y ejercido decididamente por Jesús el
poder sobre la Ley que Israel ha recibido de Dios
como quicio de la Alianza. Allí es donde, después de
haber declarado el valor perenne de la Ley y el
deber de observarla (cf. Mt 5, 18-19), Jesús
pasa a afirmar la necesidad de una “justicia”
superior a “la de los escribas y fariseos”, o sea,
de una observancia de la Ley animada por el nuevo
espíritu evangélico de caridad y de sinceridad.
Los
ejemplos concretos son conocidos. El primero
consiste en la victoria sobre la ira, el
resentimiento, la animadversión que anidan
fácilmente en el corazón humano, aún cuando se puede
exhibir una observancia exterior de los preceptos de
Moisés, uno de los cuales es el de no matar: “Habéis
oído que se dijo a los antiguos: No matarás; el que
matare será reo de juicio. Pero Yo os digo que todo
el que se irrita contra su hermano será reo de
juicio” (Mt 5, 21-22). Lo mismo vale para el
que haya ofendido a otro con palabras injuriosas,
con escarnio y burla. Es la condena de cualquier
cesión ante el instinto de a aversión, que
potencialmente ya es un acto de lesión y hasta de
muerte, al menos espiritual, porque viola la
economía del amor en las relaciones humanas y hace
daño a los demás; y a esta condena Jesús intenta
contraponer la Ley de la caridad que purifica y
reordena al hombre hasta en los más íntimos
sentimientos y movimientos de su espíritu. De la
fidelidad a esta Ley hace Jesús una condición
indispensable de la misma práctica religiosa: “Si
vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar y
allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra
ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a
reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a
presentar tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).
Tratándose de una Ley de Amor, hay que dar
importancia a nada que se tenga en el corazón contra
el otro: el amor que Jesús predicó iguala y unifica
a todos en querer el bien, en establecer o
restablecer la armonía en las relaciones con el
prójimo, hasta en los casos de contiendas o de
procedimientos judiciales (cf. Mt 5, 25).
5.Otro
ejemplo de perfeccionamiento de la Ley es el del
sexto mandamiento del Decálogo, en el que Moisés
prohibía el adulterio. Con un lenguaje hiperbólico y
hasta paradójico, adecuado para llamar a atención e
impresionar a los que lo escuchaban, Jesús anuncia:
“Habéis oído que fue dicho. No adulterarás. Pero
Yo os digo...” (Mt 5, 27): y condena
también las miradas y los deseos impuros, mientras
recomienda la huida de las ocasiones, la valentía de
la mortificación, la subordinación de todos los
actos y comportamientos a las exigencias de la
salvación del alma y de todo el hombre (cf. Mt
5, 29-30).
A este
ejemplo se une también en cierto modo otro que Jesús
afronta enseguida: “También se ha dicho: El que
repudiare a su mujer déle libelo de repudio. Pero
Yo os digo...” y declara abolida la concesión
que hacía la Ley antigua al pueblo de Israel “por la
dureza del corazón” (cf. Mt 19, 8),
prohibiendo también esta forma de violación de la
Ley del amor en armonía con el restablecimiento de
la indisolubilidad del matrimonio (cf. Mt 19,
9).
6.Con el
mismo procedimiento Jesús contrapone a la antigua
prohibición de perjurar la de no jurar de ninguna
manera (Mt 5, 33-38), y la razón que emerge
con bastante claridad está fundada también en el
amor: no debemos ser incrédulos o desconfiados con
el prójimo, cuando es habitualmente franco y leal,
sino que más bien hace falta que una y otra parte.
sigan la ley fundamental del hablar y del obrar:
“Sea vuestra palabra: sí, sí; no, no; todo lo que
pasa de esto, de mal procede” (Mt 5, 37).
7. Y
también: “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y
diente por diente; pero Yo os digo: No me hagáis
frente al malvado” (Mt 5, 38-39), y con
lenguaje metafórico Jesús enseña a poner la otra
mejilla, a ceder no sólo la túnica sino también el
manto, a no responder con violencia a las vejaciones
de los demás, y sobre todo: “Da a quien te pida y no
vuelvas la espalda a quien desea de ti algo
prestado” (Mt 5, 42). Radical exclusión de la
Ley del talión en la vida personal del discípulos de
Jesús, cualquiera que sea el deber de la sociedad de
defender a los propios miembros de los malhechores y
de castigar a los culpables de violación de los
derechos de los ciudadanos y del mismo Estado.
8.Y ésta
es la perfección definitiva en la que encuentra el
centro dinámico todas las demás: “Habéis oído que
fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu
enemigo. Pero Yo os digo: Amad a vuestros
enemigos y orad por los que os persiguen, para que
seáis hijos de vuestro Padre, que está en los
cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y
llueve sobre justos e injustos...” (Mt 5,
43-45). A la interpretación vulgar de la Ley antigua
que identificaba al prójimo con el israelita y más
aún con el israelita piadoso, Jesús opone la
interpretación auténtica del mandamiento de Dios y
le añade la dimensión religiosa de la referencia al
Padre Celestial, clemente y misericordioso, que
beneficia a todos y es, por lo tanto, el ejemplo
supremo del amor universal.
En efecto,
Jesús concluye: “Sed... perfectos como perfecto es
vuestro Padre Celestial” (Mt 5, 48). El pide
a sus seguidores la perfección del amor. La nueva
Ley que Él ha traído tiene su síntesis en el amor.
Este amor hará que el hombre, en sus relaciones con
los demás, supere la clásica contraposición
amigo-enemigo, y tenderá, desde dentro de los
corazones, a traducirse en las correspondientes
formas de solidaridad social y política, incluso
institucionalizadas. Será, pues, muy amplia en la
historia, la irradiación del “mandamiento nuevo” de
Jesús.
9.En este
momento nos vemos obligados sobre todo a manifestar
que en los fragmentos importantes del “Sermón de la
Montaña" se repite la contraposición: “Habéis
oído que se dijo... Pero Yo os digo”; y esto no
para “abrogar” la Ley divina de la Antigua Alianza,
sino para indicar su “perfecto cumplimiento”, según
el sentido entendido por Dios-Legislador, que Jesús
ilumina con luz nueva y explica con todo su valor
generador de nueva vida y creador de nueva historia:
y lo hace atribuyéndose una autoridad que es la
misma del Dios-Legislador. Podemos decir que en esa
expresión suya repetida seis veces: Yo os digo,
resuena el eco de esa autodefinición de Dios que
Jesús también se ha atribuido: “Yo soy” (cf.
Jn 8, 58).
10.Finalmente hay que recordar la respuesta que dio
Jesús a los fariseos que reprobaban a sus discípulos
el que arrancasen las espigas de los campos llenos
de grano para comérselas en día de sábado, violando
así la Ley mosaica. Primero Jesús les cita el
ejemplo de David y de sus compañeros, que no dudaron
en comer los “panes de la proposición” para quitarse
el hambre, y el de los sacerdotes que el día de
sábado no observan la ley del descanso porque
desempeñan las funciones en el templo. Después
concluye con dos afirmaciones perentorias, inauditas
para los fariseos: “Pues Yo os digo, que lo que hay
aquí es más grande que el templo...”; y “El
Hijo del Hombre es señor del sábado” (Mt 12,
6, 8; cf. Mc 2, 27-28). Son declaraciones que
revelan con toda claridad la conciencia que Jesús
tenía de su autoridad divina. El que se definiera
“como superior al templo” era una alusión bastante
clara a su trascendencia divina. Y proclamarse
“señor del sábado”, o sea, de una Ley dada por Dios
mismo a Israel, era la proclamación abierta de la
propia autoridad como cabeza del reino mesiánico y
promulgador de la nueva Ley. No se trataba, pues, de
simples derogaciones de la Ley mosaica, admitidas
también por los rabinos en casos muy restringidos,
sino de una reintegración, de un complemento y de
una renovación que Jesús enuncia como inacabables:
“El Cielo y la tierra pasarán, pero mis Palabras no
pasarán” (Mt 24, 35). Lo que viene de Dios es
eterno, como eterno es Dios.
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Queridos Suscriptores de "El Camino de María"
Esta edición contiene dos
textos catequéticos del Siervo de Dios Juan Pablo II que nos
ayudarán a contemplar la autoridad divina de Jesucristo.
El primer texto preside la
edición y lleva por título JESUCRISTO, LEGISLADOR
DIVINO .
El segundo texto nos
ayudará a meditar sobre las palabras
de Jesucristo del Evangelio de San Juan 14, 1:
"CREED EN DIOS,
CREED TAMBIÉN EN MÍ"
(Jn 14,1)
Nuevamente les invitamos a leer y/o
imprimir
una serie de reflexiones
sobre CRISTO
EN EL PENSAMIENTO Y EN LA
VIDA DE SAN PABLO,
propuestas ante el Santo Padre Benedicto XVI y los
integrantes de la Curia Romana por el Padre R.
Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, durante
el Tiempo de Adviento de 2008, en nuestro sitio:
Jesús, Unigénito del Padre, lleno de
gracia y de verdad, Luz que ilumina a todo
hombre, da a quien te busca con corazón
sincero la abundancia de Tu Vida. A Ti,
Redentor del hombre, Principio y Fin del
tiempo y del cosmos, al Padre, Fuente
inagotable de todo bien, y al Espíritu
Santo, Sello del infinito Amor, todo honor y
toda gloria por los siglos de los siglos.
Amén. (Juan Pablo II)
Marisa y
Eduardo
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